lunes, 24 de septiembre de 2012

¡Enseñe a sus hijos la Biblia! (J. C. Ryle, 1816-1900)


Instruya a su hijo en el conocimiento de la Biblia. Lo admito, no puede obligar usted a sus hijos a amar la Biblia. Ninguno fuera del Espíritu Santo nos puede dar un corazón que disfrute de su Palabra. Pero puede usted familiarizar a sus hijos con la Biblia. Tenga por seguro que nunca puede ser que conozcan la Biblia demasiado pronto ni demasiado bien.

Un conocimiento profundo de la Biblia es el fundamento de toda opinión clara acerca de la religión cristiana. El que está bien fundamentado en ella, por lo general no será indeciso, llevado de aquí y para allá por cualquier doctrina nueva. Cualquier sistema de instrucción que no dé primera prioridad a las Escrituras es inseguro y precario.

Usted tiene que prestar atención a este punto ahora mismo, porque el diablo anda suelto y el error abunda. Hay entre nosotros algunos que la dan a la iglesia el honor que le corresponde a Jesucristo. Hay quienes hacen de los sacramentos sus salvadores y su pasaporte a la vida eterna. Y también hay los que honran un catecismo más que la Biblia y llenan la mente de sus hijos con patéticos libritos de cuentos en lugar de las Escrituras de la verdad. Pero si usted ama a sus hijos, permita que la Biblia sencillamente sea todo en la instrucción de sus almas, y haga que todos los demás libros sean secundarios.

No se preocupe tanto porque sean versados en el catecismo, sino que sean versados en las Escrituras. Créame, esta es la instrucción que Dios honra. El salmista dice del Señor: “Has engrandecido tu nombre, y tu palabra sobre todas las cosas” (Sal. 138:2). Pienso que el Señor da una bendición especial a todos los que engrandecen Su Palabra entre los hombres.

Ocúpese de que sus hijos lean la Biblia con reverencia. Instrúyales a considerarla no como la palabra de los hombres, sino lo que verdaderamente es: la Palabra de Dios, escrita por el Espíritu Santo mismo—toda verdad, toda beneficiosa y capaz de hacernos sabios para la salvación por medio de la fe que es en Cristo Jesús. Ocúpese de que la lean regularmente. Instrúyales de modo que la consideren como el alimento diario del alma, como algo esencial a la salud cotidiana del alma. Sé bien que no puede hacer que esto sea otra cosa que una práctica, pero quién sabe la cantidad de pecados que una mera práctica puede indirectamente frenar.

Ocúpese de que la lean toda. No deje de hacerles conocer toda doctrina. No se suponga que las doctrinas principales del cristianismo son cosas que los niños no pueden comprender. Los niños comprenden mucho más acerca de la Biblia de lo que por lo general suponemos. Hábleles del pecado—su culpa, sus consecuencias, su poder, su vileza. Descubrirá que pueden comprender algo de esto.

Hábleles del Señor Jesucristo y de su obra a favor de nuestra salvación—la expiación, la cruz, la sangre, el sacrificio, la intercesión. Descubrirá que hay algo en todo esto que no escapa a su entendimiento. Hábleles de la obra del Espíritu Santo en el corazón del hombre, cómo lo cambia, renueva, santifica y purifica. Pronto comprobará que pueden, en cierta medida, seguir lo que le va enseñando.

En suma, sospecho que no tenemos idea de cuánto puede un niñito entender acerca del alcance y la amplitud del glorioso evangelio. Capta mucho más de lo que suponemos acerca de estas cosas. Llene su mente con las Escrituras. Permita que la Palabra more ricamente en sus hijos. Déles la Biblia, toda la Biblia, aun cuando sean chicos.

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