Instruya a su hijo en el conocimiento de la Biblia. Lo
admito, no puede obligar usted a sus hijos a amar la Biblia. Ninguno fuera del
Espíritu Santo nos puede dar un corazón que disfrute de su Palabra. Pero puede
usted familiarizar a sus hijos con la Biblia. Tenga por seguro que nunca puede
ser que conozcan la Biblia demasiado pronto ni demasiado bien.
Un conocimiento profundo de la Biblia es el fundamento de
toda opinión clara acerca de la religión cristiana. El que está bien
fundamentado en ella, por lo general no será indeciso, llevado de aquí y para
allá por cualquier doctrina nueva. Cualquier sistema de instrucción que no dé
primera prioridad a las Escrituras es inseguro y precario.
Usted tiene que prestar atención a este punto ahora mismo,
porque el diablo anda suelto y el error abunda. Hay entre nosotros algunos que
la dan a la iglesia el honor que le corresponde a Jesucristo. Hay quienes hacen
de los sacramentos sus salvadores y su pasaporte a la vida eterna. Y también
hay los que honran un catecismo más que la Biblia y llenan la mente de sus
hijos con patéticos libritos de cuentos en lugar de las Escrituras de la
verdad. Pero si usted ama a sus hijos, permita que la Biblia sencillamente sea
todo en la instrucción de sus almas, y haga que todos los demás libros sean
secundarios.
No se preocupe tanto porque sean versados en el catecismo,
sino que sean versados en las Escrituras. Créame, esta es la instrucción que
Dios honra. El salmista dice del Señor: “Has engrandecido tu nombre, y tu
palabra sobre todas las cosas” (Sal. 138:2). Pienso que el Señor da una
bendición especial a todos los que engrandecen Su Palabra entre los hombres.
Ocúpese de que sus hijos lean la Biblia con reverencia.
Instrúyales a considerarla no como la palabra de los hombres, sino lo que
verdaderamente es: la Palabra de Dios, escrita por el Espíritu Santo mismo—toda
verdad, toda beneficiosa y capaz de hacernos sabios para la salvación por medio
de la fe que es en Cristo Jesús. Ocúpese de que la lean regularmente.
Instrúyales de modo que la consideren como el alimento diario del alma, como
algo esencial a la salud cotidiana del alma. Sé bien que no puede hacer que
esto sea otra cosa que una práctica, pero quién sabe la cantidad de pecados que
una mera práctica puede indirectamente frenar.
Ocúpese de que la lean toda. No deje de hacerles conocer
toda doctrina. No se suponga que las doctrinas principales del cristianismo son
cosas que los niños no pueden comprender. Los niños comprenden mucho más acerca
de la Biblia de lo que por lo general suponemos. Hábleles del pecado—su culpa, sus consecuencias, su poder,
su vileza. Descubrirá que pueden comprender algo de esto.
Hábleles del Señor Jesucristo y de su obra a favor de
nuestra salvación—la expiación, la cruz, la sangre, el sacrificio, la intercesión.
Descubrirá que hay algo en todo esto que no escapa a su entendimiento. Hábleles
de la obra del Espíritu Santo en el corazón del hombre, cómo lo cambia,
renueva, santifica y purifica. Pronto comprobará que pueden, en cierta medida,
seguir lo que le va enseñando.
En suma, sospecho que no tenemos idea de cuánto puede un
niñito entender acerca del alcance y la amplitud del glorioso evangelio. Capta
mucho más de lo que suponemos acerca de estas cosas. Llene su mente con las
Escrituras. Permita que la Palabra more ricamente en sus hijos. Déles la
Biblia, toda la Biblia, aun cuando sean chicos.
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