lunes 23 de enero de 2012

La necesidad de normas, reglas y límites en nuestra vida

Por la manera en que protestamos por las restricciones en la vida, uno podría pensar que la vida se puede vivir sin tomar en cuenta las reglamentaciones. Castigamos a aquellos que nos recuerdan constantemente las regulaciones como si estuvieran comprometidos a arruinarnos la vida. ¿De qué nos sorprendemos, entonces, cuando nos hartamos y nos aburrimos con la vida y hasta nos cansamos de ella?

Protestamos como si el marco moral establecido por Dios consistiera de mandamientos arbitrarios para hacer la vida más difícil y dar tema de discusión a los contenciosos. Hay una perpetua novedad o maravilla infinita en las cosas cuando valoramos los mandatos de Dios y vivimos de acuerdo a Sus preceptos como propósito para la vida.

La vida se torna complicada cuando tratamos de vivir fuera de esos límites puestos por Dios, pues luego nos encontramos arrinconados en una situación difícil. Por unos pocos momentos de placer muchas personas terminan viviendo toda una vida de remordimientos. Cuando vivimos dentro de los parámetros estipulados por Dios podemos ver que la ley es perfecta, más dulce que la miel del panal. El deleite no tiene fin.

G.K. Chesterton una vez dijo que antes de sacar un cerco de su lugar, es bueno preguntar primero la razón por la cual fue puesto allí. Cada límite puesto por Dios apunta a proteger algo valioso; y si hemos de proteger lo maravilloso de nuestra existencia, el libro de instrucciones de Dios es un buen lugar por donde empezar. Cualquiera que piensa que puede cambiar arbitrariamente los límites de Dios va, una de dos, a destruir el encanto de la vida, o se va a cansar totalmente de ella. Los mandamientos de Dios están para proteger la razón de ser de la vida, y no al revés. El implementar esta verdad en nuestra propia vida nos ayuda a mantenerla maravillosa.

"Vuelva a Maravillarse", Ravi Zacharias, Editorial Mundo Hispano.

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