martes 9 de agosto de 2011

¿Cómo manejar la escasez, estando en el ministerio?

David Brainerd (1718-1747) luchó con unas inmensas dificultades externas. En mayo de 1743, describe en su diario su primera estación misionera: “Vivo pobremente en cuanto a las comodidades de la vida; la mayor parte de mi dieta consiste en maíz hervido, pudín rápido y demás. Me alojo en un montón de paja y mi labor es dura y sumamente difícil; además, tengo poca experiencia en cuanto a lo que es el éxito para que me sienta consolado” (p. 207).

En agosto dice en su diario: “En este débil estado corporal, estaba muy angustiado porque quería una alimentación adecuada. No tenía pan, ni podía conseguirlo. Me siento forzado a ir o enviar a alguien a quince o veinte millas de distancia para conseguir todo el pan que como, y a veces está mohoso y amargo antes que lo coma, si consigo alguna cantidad considerable [...] Pero por la bondad divina, tenía un poco de harina de los indios, con la cual hacía pequeñas tortas que freía. Sin embargo, me sentía contento con mis circunstancias y dulcemente resignado ante Dios” (pp. 213-214).

Dice que con frecuencia se perdía en los bosques, quedando expuesto al frío y al hambre (p. 222). Habla de que le han robado el caballo, se lo han envenenado, o tiene una pata rota (pp. 294, 339). También dice que el humo de una chimenea muchas veces hacía que el cuarto fuera intolerable para sus pulmones, y tenía que salir fuera al frío para poder respirar, y entonces no podía dormir en toda la noche (p. 422).

Pero la batalla con las dificultades externas, por grandes que estas fueran, no era su peor lucha. Tenía una asombrosa resignación, y al parecer, sentía descanso incluso en muchas de estas circunstancias. Sabía dónde encajaban dentro de su enfoque bíblico de la vida:

Las fatigas y dificultades como estas sirven para despegarme más aún de la tierra; y confío en que también hagan más dulce el cielo. Antes, cuando quedaba así bajo el frío, la lluvia y demás, me sentía dispuesto a complacerme a mí mismo con el pensamiento de disfrutar de una casa cómoda, un fuego acogedor y otras comodidades externas, pero ahora estas cosas tienen un lugar más reducido en mi corazón (por la gracia de Dios) y mis ojos buscan más en Dios su consuelo. En este mundo, espero tribulación, y ahora ya no me parece extraña como antes; en esos momentos de dificultad no me complazco con el pensamiento de que las cosas van a ser mejores en el futuro, sino que pienso más bien que van a ser mucho peores, y en las pruebas mayores por las que han pasado otros hijos de Dios, y en lo grandes que tal vez sean las que me están reservadas a mí. Bendito sea Dios, que me consuela en medio de mis pruebas más agudas, y muy rara vez permite que esos pensamientos vengan acompañados del terror o la melancolía, sino que vengan acompañados con frecuencia de un gran gozo” (p. 274).

O sea que, a pesar de las terribles dificultades externas que conoció, Brainerd siguió adelante e incluso floreció bajo esas tribulaciones que lo iban llevando a la gloria en el Reino de Dios.

"La Sonrisa Escondida de Dios", John Piper, Editorial Unilit.

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