domingo 22 de noviembre de 2009
Arrepentimiento de corazón
Ahora, pues, dice Jehová, convertíos ahora a mí con todo vuestro corazón, con ayuno, llanto y lamento. Rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos, y convertíos a Jehová, vuestro Dios; porque es misericordioso y clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, y se duele del castigo. Joel 2.12–13
La Palabra señala que fuimos llamados a una relación de intimidad con Dios. No podemos cultivar con nadie una relación significativa si la limitamos a algunos pocos ejercicios rutinarios. Las relaciones más profundas son el fruto del esfuerzo y la dedicación de un compromiso cultivado en el corazón.
Es a este nivel de compromiso que apunta el profeta Joel cuando comunica a Israel un mensaje de parte de Dios: «Rasgad vuestro corazón y no vuestros vestidos». El único arrepentimiento que realmente vale, en lo que respecta a la vida espiritual, es aquel que transforma la dureza de nuestros corazones y produce en nosotros un verdadero quebranto por el pecado. Es el que va acompañado, como señala el texto de hoy, por ayuno, llanto y lamento. Es decir, es la manifestación de una verdadera congoja interior.
Así le ocurrió a Isaías cuando vio al Señor sentado en su santo templo (Is 6.1–13), o a Pedro, cuando se postró a los pies de Jesús, proclamando su condición indigna delante del Hijo de Dios (Lc 5.8). Solamente el Señor puede generar un genuino arrepentimiento espiritual (2 Ti 2.25).
Debemos preguntar, entonces, ¿cuál es nuestra responsabilidad en el proceso, si nosotros no podemos producir ese quebranto interior que Dios busca?
En primer lugar, debemos rechazar toda perspectiva ligera del arrepentimiento. A veces, en nuestras oraciones, hacemos algunas declaraciones tales como: «Señor, te pido perdón por cualquier pecado que pueda haber cometido contra tu persona». Tales expresiones son muy generales como para tener algún valor. El pecado es un asunto demasiado serio como para encerrarlo en una sola frase.
En segundo lugar, tenemos que permitir que el Espíritu examine nuestros corazones y traiga a la luz aquellos asuntos que ofenden al Señor. Solamente con pedir discernimiento podremos comprobar cuánto anhela limpiarnos el Señor, pues no tardará en responder a nuestro pedido.
En tercer lugar, debemos saber que el verdadero arrepentimiento va a acompañado de señales externas que no pueden ser fabricadas: el quebranto, el lamento y las lágrimas. Tales señales pueden ayudarnos a diferenciar un arrepentimiento superficial de aquel que viene de lo más profundo de nuestro corazón. Una persona que hace poco lastimó mucho a una iglesia dijo públicamente "los he perdonado". ¡Estaba ofendido aunque él estaba en falta! Esta no es una característica de un "arrepentimiento de corazón".
jueves 19 de noviembre de 2009
La esperanza de los que temen a Dios
Muchos de nosotros crecimos escuchando mensajes acerca de lo importante que es descubrir la voluntad de Dios para nuestras vidas. La convicción que ha hecho popular esta idea es que si descubrimos la voluntad del Padre podremos emprender una vida exitosa.
El salmista nos da una perspectiva mucho más amplia del asunto. Afirma que Jehová es el que «hace perfecto mi camino». Esto significa: «él endereza mi camino». La idea que pareciera transmitir este concepto es que el camino lo arregla el Señor, no importa dónde nos encontremos. El hombre o la mujer que teme a Dios puede estar seguro que el Señor irá delante enderezando sus pasos, aun cuando no tenga certeza de estar en el camino correcto.
La clave del asunto está en la persona que transita por ese camino. Este no es un principio que es aplicable a cualquier persona, sino a aquellos que de todo corazón desean hacer lo que es correcto ante los ojos del Altísimo. ¿No es esta, acaso, la experiencia de José? No creo que él supiera cuál era el camino por el que debía andar, ni tampoco tenía mucha elección en el asunto. No obstante, la Palabra afirma que la mano de Jehová estaba con José y lo prosperaba en todo lo que hacía (Gn 39.3, 21).
Más que descubrir un proyecto especialmente armado para nosotros, pareciera que el interés del Señor es que vivamos vidas que lo honran, sea cual sea el ámbito en el cual nos encontramos. Esto no se refiere tanto a lo que hacemos, sino a lo que somos. La mano de Dios estará sobre la vida de la persona que anhela vivir en santidad, sea que se encuentre en la escuela, en su casa o en el trabajo.
La convicción de que Dios estaba ocupado en enderezar sus pasos llevó al salmista a irrumpir en cánticos de alabanza y adoración, y no era para menos. Quien sabe que el Altísimo vela por su andar disfruta de un nivel de descanso y paz que trascienden las palabras.
martes 17 de noviembre de 2009
El peso de la influencia
viernes 13 de noviembre de 2009
Firmeza de propósito
miércoles 11 de noviembre de 2009
La necesidad de progreso en el ministerio (IV), C.H. Spurgeon
Por el amor de Dios, procuremos saber bien cómo salvar las almas y luego ¡pongamos manos a la obra! Estar discutiendo la manera de hacer el pan, mientras la gente muere de hambre, es un proceder detestable y criminal. Es hora de que sepamos cuan rápido predicar. Y si no, renunciemos de una vez. «Siempre aprenden y nunca pueden acabar de llegar al conocimiento de la verdad», es un lema que cuadra a los peores más bien que a los mejores de los hombres.
Hermanos, el resultado de esto será el ser conformados al Señor. ¡Oh, si fuéramos semejantes a Él! Bendita sea esa cruz en la cual pareceremos, si sufrimos por ser semejante al Señor Jesús. Si logramos conformidad con Cristo, tendremos una unción maravillosa en nuestro ministerio. Pero sin esta, ¿de qué vale nuestro ministerio?
martes 10 de noviembre de 2009
La necesidad de progreso en el ministerio (III), C.H. Spurgeon
Cuando, con el tiempo debido, haya alcanzado el conocimiento y la facultad de discernir, busque luego la capacidad de retener y guardar firmemente lo que ha aprendido. Actualmente algunos parecen gloriarse de ser «veletas»; no guardan nada, no tienen nada digno de guardar. Creyeron algo ayer y ya no lo creen hoy, ni lo de hoy lo creerán mañana. ¡Y sería un profeta mayor que Isaías quien fuera capaz de decir qué creerán en la próxima luna llena, porque están siempre cambiando de pensar, como si hubieran nacido bajo dicha luna, participando de sus cambiantes fases. Tales personas pueden ser honradas como pretenden, pero ¿para qué sirven? Como buenos árboles trasplantados con frecuencia, pueden ser de buena calidad, pero no producen nada. Su fuerza se gasta en echar raíces y volver a echadas, no quedándoles jugo para llevar fruto alguno.
Las nuevas verdades que se venden por las calles, como la segunda edición del diario de la noche, no son, generalmente, mejores que las primeras ediciones. La bella virgen de la verdad no se pinta las mejillas ni se adorna la cabeza como Jezabel, siguiendo cualquier moda filosófica: se contenta con su propia hermosura natural y su aspecto es esencialmente el mismo, ayer, hoy y por los siglos. Los hombres que cambian son, generalmente, personas que necesitan ser radicalmente cambiadas ellas mismas, y nuestro envanecimiento de «pensamiento a la moderna» está haciendo un daño incalculable a las almas, asemejándose a Nerón pulsando la lira al contemplar desde lo alto de su palacio el incendio de Roma.
Las almas van a la condenación, mientras ellos siguen tejiendo y destejiendo teorías. El infierno está con su boca abierta tragando almas a millares, mientras los que debieran proclamar
miércoles 4 de noviembre de 2009
Mes de Misiones
Este mes será de misiones en nuestra iglesia. Hablaremos sobre la importancia de misiones, la ofrenda misionera o promesa de fe, y orar por obreros en el mundo.
No podemos dejar de enfatizar esta tarea. Enfocarnos sólo en nuestra iglesia sería nuestra ruina, y pensar en otros nuestra mayor bendición.
Pero, ¿por qué pensar sólo en nosotros? Quizás el deseo de ser grandes, o el deseo de "no quedarnos atrás" puede obsesionarnos, hasta el punto que nos olvidamos que fue Antioquía, y no Jerusalén, la iglesia que cumplió con la gran comisión a cabalidad.
Si Dios permite, antes de fin de año tendremos en lista a uno o dos misioneros. ¡Podemos hacerlo!
No podemos dejar de enfatizar esta tarea. Enfocarnos sólo en nuestra iglesia sería nuestra ruina, y pensar en otros nuestra mayor bendición.
Pero, ¿por qué pensar sólo en nosotros? Quizás el deseo de ser grandes, o el deseo de "no quedarnos atrás" puede obsesionarnos, hasta el punto que nos olvidamos que fue Antioquía, y no Jerusalén, la iglesia que cumplió con la gran comisión a cabalidad.
Si Dios permite, antes de fin de año tendremos en lista a uno o dos misioneros. ¡Podemos hacerlo!
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